Ya os habíamos contado que Rockford a nivel de bichos sueltos es un paraíso natural. Que si ardillas por doquier, que si mapaches, que si conejos silvestres... pero esta tarde-noche flipamos. Estábamos cenando en el jardín los cuatro de casa y Pat, que vino a echarnos una mano con labores de bricolaje, cuando de repente vemos un halcón tratando de cazar un conejo. El conejo fue más hábil porque conocía mejor el terreno y se pudo esconder debajo de unos arbustos. Al margen del final feliz (para el conejo, claro; el halcón no creo que piense lo mismo), el episodio en sí nos dejó alucinados. Después de todo, seguimos estando en una zona más o menos céntrica de una ciudad de más de 150.000 habitantes.
La aventura nos hizo evocar imágenes míticas de muchos viernes por la noche cuando nos chapábamos con devoción El hombre y la tierra. Concretamente, momentos como este: