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martes, 21 de junio de 2011

Cerrando etapas (III): el último viaje









Uno de los objetivos que teníamos cuando vinimos a EEUU, aunque no el primero, era viajar todo lo que pudiéramos por el país. Pues bien, tres años después podemos decir que el objetivo está más que cumplido, a pesar de que nos quedan algunas cosillas pendientes.
Nos hemos jartao de volar y, sobre todo, de conducir por las autopistas y carreteras americanas. Cuántas veces nos habremos acordado del anuncio de BMW, ese del tipo con la mano fuera de la ventanilla y la preguntita de ¿Te gusta conducir? Pues sí, claro que nos gusta. Aquí los road trips, aunque agotadores, son especiales.


Para el último destino, después de meditarlo y de cambiar de idea varias veces, escogimos los estados de Washington y Oregon, en la costa del Pacífico, para poder conocer Seattle y Portland y disfrutar de la riqueza natural de la zona.

Seattle nos encantó ya de entrada. Es una ciudad con mucha vida, bastante modernilla y con música en todas las esquinas. Aparte de subir a la famosa Space Needle (faltaría más), fuimos a ver el museo EMP, (Experience Music Project) que acoge una exposición permanente sobre Jimi Hendrix y otras temporales, como la de Nirvana o la de Avatar. También visitamos el Pike Place Market y pegamos unos chicles en la pared de los ídem. Finalmente, aprovechamos la ocasión, cómo no, para poder degustar marisco y pescado del Pacífico, que tanto echamos de menos en el Midwest.


Portland también nos gustó bastante, aunque Seattle había dejado el listón alto. Aquí disfrutamos de los festejos del Rose Festival, que se celebra por estas fechas y paseamos a gusto por su centro histórico, eso sí, menos empinado que el de Seattle.




Por lo que se refiere a las zonas no urbanas, aprovechamos la estancia en las dos ciudades para hacer distintas escapadas. La más espectacular fue el pequeño crucero que hicimos para ver ballenas. Sólo por ver la cara de Helena, prismáticos en ristre, oteando las aguas ya mereció la pena el viaje. Otro día fuimos a la playa de Cannon Beach y remojamos los pies en el Pacífico, por aquello de que como ya estábamos allí... porque sino, el día no invitaba a tanto.


Más al interior, visitamos los alrededores de dos volcanes, el Mt Rainier y el Mt St Helens, conduciendo por carreteras estrechas y haciendo breves rutas de senderismo guiados por Pedro, nuestro guía profesional.


En resumen, y volviendo a lo que decíamos arriba, han sido tres años también muy intensos en el apartado de los viajes. Cruzamos (y navegamos) el Mississippi varias veces en distintos puntos; saludamos a la Estatua de la Libertad y al presidente Lincoln en DC; emulamos a Karl Malden en Las calles de San Francisco; alucinamos en el Cañón del Colorado; perdimos un dólar en Las Vegas; disfrutamos de blues en directo en Memphis y St Louis; cruzamos interminables plantaciones de algodón desde New Orleans hasta el Delta del Mississippi; vivimos el ambiente de las 500 millas de Indianapolis; buscamos el concesionario del protagonista de Fargo en Minneapolis; nos bañamos en los lagos de Wisconsin; subimos al piso 103 en Chicago y, finalmente, exploramos el reino de Mickey Mouse en Orlando.
No está mal, ¿no?

viernes, 31 de diciembre de 2010

El Gran Cañón


Una vez recorridas todas las veigas de Nevada, nos dispusimos a visitar una de las maravillas no ya del país, sino del mundo mundial, el Gran Cañón del Colorado. Así que, con el depósito de nuestro Camry lleno y el GPS a punto, emprendimos viaje.


View Las Vegas - Grand Canyon National Park - Flagstaff in a larger map


El Parque Nacional del Cañón está a unas cinco horas al este de Las Vegas, pero la primera parada está a tres cuartos de hora. Se trata de la presa Hoover, una de las más grandes del mundo y además famosa porque fue la que Lex Luthor intentó cargarse en Superman I.


Después de las fotos de rigor seguimos camino, pero al llegar a Kingman decidimos dejar la Autopista y seguir por la Ruta 66, así medio en plan me-gusta-conducir, medio homenaje a Pedro y a su peli favorita: Cars. Para los que tengáis hijos pequeños a los que les guste la peli (sí, los nietos también valen, jefa), en ese tramo de la mítica carretera está el pueblo -Peach Springs- en cuya localización geográfica se inspiraron para colocar Radiador Springs. Cuando llegamos nos llevamos un pequeño chasco, porque esperábamos encontrar un pueblo antiguo y decadente, pero sólo encontramos un restaurante/hotel/spa y un reformatorio. Bueno sí, y unas chabolas prefabricadas para los indios Hualapai, porque el "pueblo" está situado dentro de la reserva.


Después de reponer fuerzas seguimos camino, con rectas interminables y con paisajes sorprendentemente variados, desde el desierto de los westerns clásicos hasta los bosques de abetos nevados en Williams, donde paramos a cenar y dormir.


A la mañana siguiente, después de una hora más de camino, llegamos al Grand Canyon National Park. Una vez allí hicimos una ruta en coche hacia el este, parando en los miradores que había por el camino y simplemente se nos cayeron las mandíbulas al suelo al contemplar tanta belleza.

Sólo por ver paisajes como este merece la pena el atracón de kilómetros que nos metimos en un par de días. Hasta llegar aquí, casi todo lo que nos había impresionado a nivel visual en este país eran cosas hechas por el hombre. El Gran Cañón le da la razón a los que dicen que los grandes monumentos en EEUU son naturales.
Bueno, a modo de resumen os dejamos unas imágenes del viaje. Si tenéis cuatro minutos libres, claro.

domingo, 26 de diciembre de 2010

¡Vivaaaa Las Vegas! (que cantaba Elbispreslin)


Como os decía en la entrada anterior, el tiempo no ayudó a que empezáramos el viaje con buen pie. Pues bien, el día que llegamos a Las Vegas se batió el récord de precipicitaciones recogidas en un día y que databa de 1959. Lo peor es que al día siguiente llovió más. Pero no estamos aquí para quejarnos del tiempo, ni que en Lugo no lloviera. Vamos a contaros lo que vimos.


Las Vegas, como sabéis, es el paraíso de las bombillas y los neones, el edén de los excesos y las horteradas, pero, precisamente por eso tiene mucho encanto. Lo que hay que ver se encuentra básicamente en dos zonas: la calle Fremont, donde está la Fremont St Experience, y la avenida conocida popularmente como The Strip.


La Fremont St Experience está en el centro de la ciudad, en la zona donde se establecieron los primeros hoteles y casinos, y destaca por la cubierta que sirve de gigantesca pantalla de vídeo para los espectáculos audiovisuales que ponen cada poco. Por allí paseamos el primer día y alucinamos bastante. Eso sí, también descubrimos que la cubierta (de rejilla) no protege de la llluvia.

Las Vegas Boulevard, avenida más conocida como The Strip, es el lugar donde están todos los casinos que todos reconocemos de tantas y tantas pelis y series. En realidad, la palabra casino no es la mejor para hablar de estos lugares, yo casi los definiría como parques temáticos con hotel y casino dentro.


En la foto de arriba podéis ver una pequeña parte del interior de The Venetian: un canal con su góndola (había varias) y su gondolero cantando canciones de amor en italiano. Pero el canal no era la única sorpresa. Mirad esto:



Aunque parezca lo contrario, todo esto que veis es el interior del hotel-casino-ciudad-estado.
Otros no se quedaban muy atrás: desde palacios romanos (Caesar´s Palace) hasta pirámides egipcias (Luxor -ojo, nada que ver con el negocio situado en la carretera de Meira), o la mismísima torre Eiffel (Paris Las Vegas). Nuestro hotel, el Stratosphere, presumía de tener la torre más alta al oeste del Mississippi. Y no contentos con eso, montaron un parque de atracciones en lo alto, no apto para todos los estómagos. Si no tenéis vértigo echad un vistazo a esto que encontré en youtube:



De todas formas, como somos gente sencilla, el hotel que más nos gustó fue el Bellagio, con la coreografía de sus fuentes. Como las vea Orozco...



Bueno, esta fue una visión resumida de nuestra experiencia en Las Vegas. Mañana hablaremos del Gran Cañón, que no es poco.

Rumbo a las Vegas


Por segundo año consecutivo le enviamos un email a Santa para que hiciera una parada en nuestra casa una semana antes de tiempo y por segundo año consecutivo, accedió -en el fondo le hacemos un favor, así tiene una casa menos en Nochebuena. Con el tiempo que ganamos, nos hicimos el probablemente último gran viaje de nuestra aventura estadounidense. Los destinos: Las Vegas y el Gran Cañón del Colorado.

El viaje no empezó bien meteorológicamente hablando. Salíamos a las 7 de la tarde desde Chicago y había estado nevando todo el día. A medida que nos acercábamos a la puerta de embarque, veíamos que casi todos los vuelos tenían una o dos horas de retraso, y debo reconocer que cuando vi que nuestro vuelo saldría a tiempo esbocé una pequeña sonrisa interior mientras pensaba "je, je, pardillos...". Poco imaginaba lo que teníamos por delante: primero, esperar a que ducharan el avión con una dosis de anticongelante y después hacer una cola eterna para despegar en la única pista que quedaba abierta al tráfico. El problema es que como tardamos tanto en salir se congelaron las alas... y al "aparcamiento" otra vez, a esperar a que nos tocara nuevo turno de ducha. Después, una nueva cola para salir y, por fin, TRES HORAS MÁS TARDE DE LA HORA, a despegar. Moralejas: no voléis con nieve si no es imprescindible y jamáis os riáis de los retrasos ajenos.

lunes, 5 de julio de 2010

De paseo por DiSí



Aunque ya estamos en casa (Lugo) desde hace casi una semanita, nos gustaría comentar brevemente la última etapa de nuestras vacaciones americanas, que nos llevó a Washington DC.


Después de cuatro días en Nueva York, cogimos un autobús que nos llevó en unas cinco horas a la capital de la república. Allí, gracias a la hospitalidad de Carlos, Pepe y Jacobo, tuvimos la oportunidad de pasar unos días y conocer algunos de los símbolos nacionales, como el Lincoln Memorial, el Obelisco, el Capitolio, el barrio de Georgetown (véase foto) o la Casa Blanca. A propósito de esta última, Helena traía una nota con cosas que había visto en Nueva York y que no le habían gustado (como por ejemplo un hospital cerrado) para dársela al president Obama. La lástima es que no pudimos acercarnos mucho. Así se le quedó la cara a la pobre:

sábado, 26 de junio de 2010

De noche por la city

Una de las cosas que hicimos en Nueva York fue un tour nocturno por parte de Manhattan y Brooklyn para ver las luces de la ciudad. Íbamos en un autobús de dos pisos, de esos descapotables y llevábamos dos guías, uno profesional y otro amateur, que se iban turnando para dar sus explicaciones.
Aquí os dejamos unas imágenes de muestra.

jueves, 24 de junio de 2010

Pateando la Gran Manzana



O quizá deberíamos decir la Gran Compota de Manzana, porque el calor se nos hacía un poco excesivo. La verdad es que teníamos ganas de venir hace tiempo, de hecho teníamos la guía comprada desde octubre del 2008 y al final nos animamos.


A Nueva York es difícil llegar sin ideas preconcebidas porque es la ciudad más famosa del mundo, la que más hemos visto todos en pelis, documentales y telediarios, pero aun así impresiona. Quizá lo que más nos fascinó fue Times Square, tanto de día como de noche (parecía que estuviéramos en Blade Runner), pero bueno, podemos decir que nos gustó todo bastante. Lógicamente, hubo actividades para los dos segmentos de edad de los cuatro viajeros, así que compaginamos la Estatua de la Libertad con la casa de los m&m´s, o el MOMA con el mega Toys´r´us de Times Square. Eso ayudó a que Helena y Pedro llevaran los cuatro días que pasamos con muuuucha dignidad.



Nueva York no fue nuestro único destino, aún nos quedaban más cosas por descubir... pero eso lo contaremos mañana.

lunes, 31 de mayo de 2010

Memorial Day en Indianapolis


Siguiendo con la practicidad de los yankis a la hora de los festivos, hoy, último lunes de mayo, se celebra el Memorial Day. Este es el día en el que se venera la memoria de los soldados caídos en las múltiples guerras en las que han tenido a bien participar.
A nosotros lo militar nos da bastante igual, pero sí decidimos respetar la secular tradición que nuestra famlia inició en 2009 y visitar una ciudad acabada en "-polis". El año pasado cayó Minneapolis y este año le tocó el turno a Indianapolis. Lo curioso del asunto es que cuando ya teníamos reservado el hotel, nos enteramos de que era el fin de semana en el que se corrían las 500 millas de allí-mismo. A nosotros la carrera... bueno, como lo de los soldados (a Pedro sí le molaría, pero no se lo dijimos, claro), pero lo bueno es que había actividades relacionadas con el evento y mucha gente por la calle, por lo que, tras dos años viviendo en Rockford, estábamos contentos.


La ciudad en sí nos pareció bonita -tras dos años viviendo en Rockford, claro. Pateamos lo que el calor nos permitió, hicimos parada en el Children´s museum, que como muchos aquí, se anuncia como el mejor del país y, como no, vimos un desfile muy bonito al principio, aunque interminable al final. Nos llamaron la atención las motos: desde el gobernador del estado en su Harley y escoltado por un grupo de moteros hasta la poli local, que deletreaban la palabra "Indianapolis" con las suyas, en plan Barrio Sésamo.

El domingo, mientras la gente estaba en el circuito, aprovechamos para volver a casa y terminar así nuestras 600 millas de Indianapolis particulares: 300 para ir, 300 para volver.

viernes, 9 de abril de 2010

La última de San Francisco


Bueno, ya sólo nos quedan un par de días por contar y después dejamos de dar el coñazo con San Francisco.


El lunes ya hizo buen tiempo en general -aunque cayó un chaparrón que nos pilló desprevenidos-, así que aprovechamos para continuar pateando lo que habíamos visto el día anterior en bus. Entre otros sitios, vimos la que los lugareños llaman "la calle más sinuosa del mundo", Lombard Street (foto de arriba). También paramos en el Fisherman´s Wharf a comer unos bocatas de cangrejo (dedicados a ti, Belén), y, cómo no, no dejamos pasar la ocasión de subirnos en los famosos cable cars.



El martes, nuestro último día, decidimos echarle valor y cruzar el Golden Gate. El valor no residió en cruzar el puente en sí, sino en el global de la caminata: fuimos caminando -perdón, empujando las sillitas, que no es lo mismo- desde el muelle hasta Sausalito, un bonito pueblo al otro lado del puente. En total fueron unos 15 kms de nada, y en nuestro favor tenemos que decir que cuando llegamos llevábamos un ritmo más fuerte que cuando salimos. No es que estemos especialmente cachas, es que éramos conscientes de que si parábamos nos quedábamos allí mismo. A la vuelta cogimos el ferry, que nos dejó en el punto de partida en menos de veinte minutos.



El puente impresiona bastante desde la distancia, pero desde arriba lo hace más (bueno, Pedro ni se inmutó, como podéis apreciar). Aun así, lo que más nos llamó la atención fueron tres cabinas de teléfono situadas estratégicamente a lo largo del mismo por si te dan ganas de suicidarte un poco.


Y aquí se termina lo más interesante de nuestra experiencia californiana. La única nota negativa fueron el viaje de ida y, sobre todo, el de vuelta, en el que tuvimos una hora de retraso antes de embarcar y dos horas más ya dentro del avión por no sé que problemas con la presión. De todas formas, eso no empaña el recuerdo que nos queda del lugar. No sé, habrá que mirar lo de presentarse a asesor en California...

martes, 6 de abril de 2010

San Francisco, segunda parte


El domingo hizo un día de perros, sobre todo por la tarde. Como somos chicos preparados y miramos la predicción del tiempo, decidimos hacer un tour organizado por la mañana, por aquello de ver cosas sin empaparnos. La verdad es que fue bastante interesante, porque fuimos a sitios a los que no habríamos ido caminando y aprendimos cosas interesantes sobre la ciudad.
Uno de los lugares que visitamos fue Twin Peaks, una colina coronada por dos picos. Desde allí se pueden tomar unas vistas espectaculares de la ciudad, como podéis ver en la foto.


La bandera arco-iris que veis en la parte inferior está en el famoso barrio de Castro, donde vive buena parte del 10 por ciento de habitantes de San Francisco que se declaran homosexuales. Y como los primeros americanos son oriundos de Bilbao, dicen que esa es la bandera arco-iris más grande del mundo.


Otra de las cosas que aprendimos fue lo caras que son las casas aquí. El precio medio de una vivienda en San Francisco ronda los 800.000 dólares. Eso influye también en los alquileres: un estudio cutrillo de una habitación te puede salir por 2.000 dólares al mes. Por ese motivo, hay gente que se compra una casa, acondiciona el garaje como vivienda y lo alquila para ayudar a pagar la hipoteca. El dueño de la casa que veis no creo que tenga ese problema. Se llama Coppola y, cuando no hace películas, se dedica a servir vino en el bar que tiene en la planta baja.

Por cierto, como habréis podido apreciar, también vimos el Golden Gate. Pero como el tiempo no acompañaba el domingo decidimos que habría que dedicarle otro día. Ya os contaremos.

domingo, 4 de abril de 2010

San Francisco, primera parte


Con dos horas y media de retraso - ¿a quién se le ocurre viajar en viernes santo?- llegamos a San Francisco a eso de las tres y media de la tarde. Como llovía algo, fuimos a descansar un rato y después aprovechamos que tenemos el hotel al lado de Chinatown para ir a dar un paseo por la zona. Para finalizar el día, una cenita en un pub irlandés que tenemos aquí al lado y a dormir.
Ayer empezamos la sesión pateo de la ciudad. La verdad, es fácil entender por qué Karl Malden y Michael Douglas estaban tan delgaditos en Las calles de San Francisco. Las míticas cuestas del centro de la ciudad se convierten en Tourmalets cuando les añades dos sillitas de niño (le trajimos una a Helena en plan apoyo logístico), pero el castigo físico quedaba compensado con la belleza de lo que veíamos. ¡Qué bonito es San Francisco!


Entre colina y colina llegamos a Pacific Heights, la zona de las casas victorianas "para pobres". Desde allí bajamos hasta Haight Ashbury, el barrio hippy donde muchos jovenzuelos compartieron sexo, drogas y rock and roll en el famoso Verano del Amor, en 1967.


Después de reponer fuerzas con unos deliciosos crepes y bocatas (¡en pan de barra!) regresamos al hotel cruzando la bulliciosa Market St (foto siguiente). Tras un rato de descanso, fuimos a cenar por la zona y a dormir, que nos lo pedía el cuerpo.


No estuvo mal para el primer día. Así, a bote pronto, podemos decir que lo que vimos nos gustó mucho, pero eso ya lo esperábamos. Lo que nos sorprendió más, teniendo en cuenta que venimos del Mid-West, es la combinación de "mucha-gente-haciendo-deporte" con "restaurantes-con-comida-sana", que equivale a... gente delgada

jueves, 1 de abril de 2010

Vacaciones de primavera

Como ya contamos el año pasado, así es como le llaman aquí a las vacaciones de Semana Santa de toda la vida, pero como aquí tienen que ser neutrales y laicos en la cosa pública, pues le llaman así.
Oficialmente estoy de vacaciones desde ayer (Marta desde hoy), y mañana nos vamos rumbo a San Francisco, uno de los lugares que teníamos marcados para ver sí-o-sí.
La coña -más bien pardillada- es que durante seis meses estuvimos convencidos de que este año teníamos vacaciones en fechas distintas, así que cuando en febrero nos dimos cuenta del error nos frotamos los ojos, le hicimos unas caricias a la tía Visa, y reservamos el viaje.
Ya os contaremos cómo nos va. Eso sí, siempre y cuando me acuerde de llevar el cargador del portátil.

viernes, 1 de enero de 2010

Highway 61

Hasta ahora el viaje lo llevábamos totalmente planificado: rutas, hoteles y tiempo en cada sitio. La vuelta, en cambio, decidimos dejarla abierta por si se nos ocurría algún sitio nuevo al que ir. Y así fue. En vez de volver por la misma interestatal 55 decidimos volver por la Highway 61, la que "revisitó" Bob Dylan, y a la que llaman la blues highway por ser el camino que atravesaba el delta del Mississippi y llegaba a Nueva Orleans.

La primera parada la hicimos en Natchez, un pueblecito sureño al más puro estilo Lo que el viento se llevó, y en el que les debieron ir muy bien las cosas a muchos, porque está lleno de mansiones por las que Escarlata O´Hara daría un riñón. Fuimos a ver una de ellas, la Stanton Hall, en la que se rodaron algunos de los episodios de la serie Norte y Sur, y nos quedamos alucinados con el lujo y despilfarro que invirtieron en la casita: puertas de cinco metros, bisagras de plata, espejos de oro, chimeneas de mármol de Carrara, etc.


Después de saciar nuestro apetito seguimos conduciendo rumbo al norte y adentrándonos en el delta del Mississippi. Ignorante de mí, yo hasta ahora pensaba que el delta estaría en la desembocadura, como pasa con el Ebro y otros ríos decentes, pero no. Lo que en este caso llaman delta es en realidad una zona aluvial semi-anegada entre los cursos del Mississippi y uno de sus afluentes, el Yazoo. Bueno, al grano. Este mal llamado delta está lleno de interminables plantaciones de algodón, y aquí sí se pueden comprobar los grandes contrastes sociales del sur de EEUU: grandes mansiones coloniales intercaladas con chabolas de madera y hojalata a punto de caerse, habitadas tanto por tataranietos de Kunta Kinte como por primastros cuartos políticos de Cletus, el de los Simpson.


La noche la pasamos en Clarksdale, en el corazón del delta, y al día siguiente pudimos visitar el Delta Blues Museum. En la foto de arriba podéis ver el Ground Zero Blues Club, que por desgracia cerraba los domingos.


Desde Clarksdale nos fuimos a Oxford, a unas cien millas al este. Oxford es una bonita población universitaria en la que creció el escritor William Faulkner. Después de dar una vuelta y conocer la gastronomía local, seguimos de un tirón hasta Cape Girardeau, donde hay unas cuevas que aparecen en la novela Tom Sawyer. Después de hacer noche, rumbo a casa definitivamente.



Fueron nueve días intensos, con más de 3700 kms, buena comida, buena música y un par de angelotes que llevábamos en el asiento de atrás y que se portaron de maravilla. Así da gusto viajar con niños, aunque no pudiéramos entrar en los clubs de Nueva Orleans. Como resumen no del viaje, sino de la ruta en sí, os dejamos este vídeo.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nueva Orleans


Al día siguiente, tras seis horas más de carretera, llegamos a Nueva Orleans. Aquí habíamos quedado con dos amiguetes, Carmen y Carlos, que salían ese día desde Rockford en avión.

Nueva Orleans es una ciudad preciosa y además bastante peculiar por ser el lugar donde se cruzan muchas culturas: la francesa, la española, la americana, la de los esclavos negros, la cajun y la criolla. Todo eso se ve en la arquitectura del French Quarter (barrio francés), se saborea en los mil y un baretos y restaurantes que ofrecen platos como el jambalaya, el gumbo, los deliciosos po´boy (bocatas de pescado o marisco frito en pan de barra. Marta se comió uno de caimán) o el étoufée. Pero sobre todo, Nueva Orleans es música en directo, ya sea en la calle, en los locales o en las plazas. Pasas por un bar en Bourbon Street -el nombre es por los Borbones, aunque hoy en día tendría más razón de ser por la bebida- y oyes a Muddy Waters, a Lynyrd Skynyrd, a ZZ Top... bueno, un día también oí el Aserejé, vaya por Dios. Lástima que en casi todos los que vimos había que tener 21 años para entrar. Como decía, Bourbon St es la capital del vicio de Nueva Orleans. Aquí conviven bares, restaurantes, tiendas de souvenirs -camisetas, artículos de vudú, etc- cabarets y putic... digoooo locales para caballeros solitarios, y la fiesta parece ser continua. En la foto estamos de jam session con un grupo de jazz. El cantante, después de ver bailar a Helena, nos llamó y nos dijo que nos uniéramos a la sección rítmica.
Además del centro de la ciudad, nos hicimos un tour en nuestro coche por las zonas más afectadas por el Katrina, y como suele pasar, en los barrios más deprimidos los daños fueron mayores y más están tardando en reconstruir. En la foto podéis ver la casa del pianista Fats Domino, al que, como a miles de personas, tuvieron que rescatar en lancha del tejado.


Otra cosa que no podía faltar era un recorrido por el Mississippi en un barco de vapor


Otro de los recorridos que nos hicimos en coche fue la ruta de las plantaciones. Paramos en una llamada Laura Plantation y nos hicieron un tour, explicándonos cómo era la vida de los patronos y de los esclavos. Me llamó mucho la atención que en aquella zona sólo podías tener esclavos si eras católico... y lógicamente, tus esclavos tenían que convertirse al catolicismo también.



No quiero olvidarme de otra cosa que nos gustó de la ciudad: sus habitantes. Cuando nos cruzábamos con nativos por la calle (los turistas parecíamos mayoría) siempre te saludaban y te deseaban unas merry christmas o entablaban conversación contigo. Parece que en el sur la gente es más amable.


En fin, cuatro días después de llegar dejamos Nueva Orleans con un gran sabor de boca y con ganas de volver, a ser posible sin niños (je, je).